miércoles, 16 de junio de 2010

Pensar en un proyecto social que tenga al desarrollo de niños, adolescentes y jóvenes como eje implica pensar qué condiciones, qué dispositivos, qué contenidos, qué prácticas son las más adecuadas para ese desarrollo.
Con frecuencia encontramos que en el campo de las intervenciones con niños y adolecentes en situación de vulnerabilidad social, se recurre a experiencias llamadas comunmente culturales (¿Habrá alguna que no lo sea?), entre ellas, actividades artísticas. Si bien es cierto que casi nunca falta el taller de plástica, de música o la murga, también es cierto que casi siempre está ausente una explicación consistente que dé cuenta del porqué de la inclusión de esas experiencias.
Reflexionar sobre qué aspectos del desarrollo del sujeto se ven afectados por la experiencia artística, ya sea como productor o como apreciador, nos parece tan crucial como la reflexión sobre a qué cosa llamamos arte. En ambos terrenos estamos en deuda.
Debiéramos poder anticipar modificaciones en los sujetos, identificar cambios deseables y viables a través del arte; debiéramos predecir que áreas de la vida del sujeto se pueden ver tocadas e incluso cómo esos cambios -consecuencia de la experiencia artísitca- además de proporcionar placer, ponen en juego competencias necesarias para la escuela y para la vida.
Dando un paso más, sería deseable que pensáramos en la dimensión política de la experiencia artísitica en general, y particularmente allí donde la presencia del estado en términos de distribución de bienes culturales es casi inexistente.
Las propuesta que formulamos en este campo, tienen que ver con el desarrollo cognitivo, social y emocional de los niños y adolescentes que participan en ellas, a partir de experiencias significativas en el campo del arte que, la vez que actividades placenteras, creativas y expresivas son experiencias constructoras de ciudadanía.

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